Yo también aborté

Yo también aborté. Aborté y me descubrí frente a mi misma. Me encontré embarazada; sentí los cambios en mi cuerpo; entendí corporalmente algo que desde mi soberbia siempre creí saber. Sentí el peso de saber que si me esperaba unos meses en mi cuerpo habría una persona, una persona de la que yo sería responsable, una persona cuya vida y bienestar dependería de mi. Me encontré con una claridad absoluta de lo que quería hacer. Pero también me encontré con los nervios de que si esperaba un segundo más para tomar esa decisión mi cuerpo, mis hormonas, me harían cambiar de opinión. Y me encontré con esos nervios porque aunque una sepa que es con todo y sus hormonas y su cuerpo, que no son factores externos que llegan y manipulan sus certezas, aunque una sepa y sienta eso a diario, el mundo te dice que no, y yo no quería arriesgarme a que tuvieran razón. Aborté y después de abortar me quedé esperando a ver si efectivamente me iban a pasar todas esas cosas que dicen que le pasan a las mujeres que abortan. Me quedé esperando a que me entrara la culpa, el arrepentimiento, la depresión. Me quedé esperando, afirmando en voz alta que no me sucedería, pero dudando hacia adentro, y efectivamente nunca llegaron. No llegaron y decidí que ya era suficiente de esperar. Para mi fue necesario, y posible, darme el espacio para hacerme consciente que tomé una decisión sobre mi cuerpo que tiene una carga histórica de estigmatización y criminalización, que está rodeada de mitos y prejuicios. Yo me asumía libre de esas cargas, pero tuve que reconocer que siglos y siglos de represión se meten hasta en la piel. Tuve que tomarme un momento para decidir conscientemente sustituir esa narrativa por la mía, la de mi experiencia y la de las mujeres que me rodean. Ese espacio fue también para reconocer que pude abortar gracias a que mujeres cabronas y luchonas han logrado transformar este pedacito del mundo lo suficiente para que yo tuviera las condiciones que tuve; para recordarme que abortar es político porque es ejercer un derecho que a millones de mujeres aún les es negado y que cada día mueren mujeres y niñas por tener que abortar en la clandestinidad. Aborté y tuve que reconocer que abortar es duro sobre el cuerpo. Es un procedimiento invasivo que implica fuertes cambios hormonales. Aborté y preferiría no volver a abortar, porque me parece innecesario someter mi cuerpo a un aborto cuando puedo ser responsable conmigo misma y usar los medios previos para evitar un embarazo (medios que tengo a mi alcance y que tuve incluso antes de abortar). Para mi abortar fue una experiencia de crecimiento y aprendizaje, de empoderamiento y de afirmación de que quien decide sobre mi cuerpo y sobre mi vida soy yo. Aborté y no me morí, no me deprimí, no me arrepentí. Pero yo aborté en el privilegio. En el privilegio de la legalidad: aborté en mi propia ciudad sin tener que trasladarme, aborté casi ocho años después de que se legalizó, ocho años durante los cuáles las condiciones para abortar han mejorado. En el privilegio económico: aborté en una clínica privada dedicada específicamente al aborto, con personal capacitado y sensibilizado; aborté de la manera que yo elegí abortar; aborté el mismo día que tomé la decisión de abortar; aborté con anestesia, aborté entre semana y ese día no fui a trabajar. En el privilegio de la desestigmatización: aborté sabiendo que mi mamá había abortado y que es una mujer entera, feliz y fuerte; aborté conociendo muchas otras mujeres que han abortado; aborté sabiendo que es una decisión que mi familia no cuestionaría; aborté acompañada de mi madre y mi pareja. Y más que cualquier otro privilegio, aborté porque yo decidí abortar. Aborté y después de un tiempo decidí que era importante escribir mi experiencia del aborto. Estoy convencida de que tenemos que contar nuestras historias, disputar la narrativa, demostrar que el aborto no es una experiencia única para todas las mujeres. Nuestras historias varían porque este mundo está plagado de desigualdades que hacen que nuestras experiencias sean radicalmente distintas, pero también varían porque las mujeres somos todas diferentes. Necesitamos contarlas para tener claro y difundir lo que funciona y lo que no, para generar un aprendizaje colectivo de los mínimos a los que tenemos que tener acceso todas y cada una de nosotras y para hacer conciencia de que aún estamos lejos de lograrlo. Aborté y aprendí que el aborto en las condiciones que yo tuve, condiciones que son hoy privilegios, es una experiencia que nada tiene que ver que con las narrativas que nos han repetido hasta el cansancio, para asustarnos, para que no abortemos. El aborto clandestino mata, pero en las condiciones correctas, el aborto es una decisión que tiene el potencial de ponerte en contacto con tu cuerpo, de fortalecerte y de empoderarte. El aborto puede ser liberador.

Autora: Eustaquia Jiménez

Lugar: Ciudad de México

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